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LA AMAZONÍA NOS REGALA UNA EXPERIENCIA DE CULTURA VIVA
martes, 3 de julio de 2012

La gente de todo lugar es lo que da vida. Eso, en un entorno tan lleno de movimiento como la selva, podría parecer una mentira, pero en medio de esa jungla hermosa y espesa de la Amazonía, varios personajes nos hacen reconocer que el embrujo de este lugar también está en aquellos que nos enseñan algo.

EL EMBRUJO Guido es un chamán. Huele a camalonga: una maceración de ajos, cebollas y aguardiante con la que unta su cuerpo para darse energías. No nos dice su apellido aunque ha heredado de su padre (al igual que uno de sus trece hermanos) la destreza para curar con las plantas. Su cabaña en la parte alta de Santa María del Ojeal no ha sido afectada por las inundaciones pero sabe que hay fuerzas de la naturaleza contra las que no puede combatir: el no cura todo.
 
 Dolores del cuerpo y del alma son su especialidad. Guido reivindica el uso de la Ayahuasca como remedio aunque también nos cuenta de sus peligros. Para beber esta planta del espíritu hay que pasar los tres días previos sin sexo, sin carne roja y meditando. Nos muestra la dosis que usualmente da en una de esas sesiones privadas a las que somete a turistas y amigos: solo un par de centímetros en un vaso pequeño son suficiente para que ver “tu pasado, tu presente y tu futuro” mientras el cuida tu cuerpo que sigue atado a esta existencia terrena. Hoy no podemos probarla. No nos hemos preparado.
 
En compensación, Guido nos entrega un vaso con el famoso siete raices, ese trago delicioso que amenaza con eliminar prejuicios morales pero también es un tónico multiusos que trata infinidad de dolencias y exprime una planta llamada caña agria de la que saca un jugo que acaba con la gastritis antes de pedir un voluntario para ser limpiado. Guido agita hojas de palma con la venia de San Pedro y San Pablo al tiempo que fuma cigarros que él mismo prepara y murmura un canto monocorde que nos regresa a la selva.
 
UNA COMUNIDAD NATIVA En medio de la selva nos espera Jaime, un nativo yawa que como bienvenida habla en su lengua natal y nos pinta la cara con achiote usando signos que revelan nuestro estado civil.
 
Ellos no viven en la zona en la que estamos. Viajan desde río Napo para instalar un mercado cada que los turistas llegan. Sus artesanías cuelgan de las pequeñas tiendas en las que nos reciben y nos enseñan a disparar con cerbatana. Son bilingües pero afirman no ser “mestizos disfrazados”, hablan español y yawa. Cantan y bailan en esa lengua con ritmo en la que gracias se dice “samaria”. Samaria.
 
El día culmina con otra sorpresa: por la noche, en el Amazonas Sinchikuy Lodge, el lugar cerquita al paraíso que nos hospeda, un grupo de alumnos de danza del centro poblado de Santa María del Ojeal (ese lugar lleno de sonrisas donde nos recibió el chamán) han llegado para deleitarnos con su baile, o mejor aún, culminar la visita con una fiesta donde no falta la energía de la gente de la selva.

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